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La Alhambra desde El Generalife

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20140110

Albaicín o Albayzín



El albaicín... Con sus murallas, puertas, iglesias, conventos, monasterios y ermita, aljibes, palacios y colegios tiene mas de una visita, y muchísimos... cuentos que contar, ya que su historia es rica, hoy empezare por la "casa de la hornacina".
Hubo en Granada numerosas casas a las que se llamó “casas del miedo”, casas que atemorizaban a los niños y a los no tan niños, y que servían para contar historias con que entretener las noches de invierno junto a las chimeneas o las noches calurosas en los patios de vecinos. Algunas estaban en el Albaicín, lugar donde se aunaban la antigüedad y el pasado moro.
 El conjunto de estos ingredientes servían para todo tipo de historias y leyendas, esta se refiere a la renombrada “casa de la hornacina” de la Placeta del Conde (llamada así por la bella hornacina barroca con que adornaba su fachada), rincón preferido por artistas como Isidoro Marín Garés, magnífico pintor y acuarelista, o el gran maestro del color que fue Joaquín Capulino Jáuregui. El primero de ellos nos enseñó la recóndita plaza animada por unos titiriteros que ofrecen su arte a los vecinos, el segundo la pinto en completa soledad un día de ardiente verano. 

En la solitaria plazuela de Conde, en el Albaicín, existía una única casa, de apariencia humilde, que adornaba su vieja fachada con una gran hornacina, en la que siempre había flores y luces en honor de la Santísima Trinidad. Esta casa, que hasta no hace muchos años presentaba su bonita fachada pintada al “fresco” y  en su interior conservaba valores artísticos que los pillos convirtieron en dinero. Ya que fue un antiguo y aristocrático palacete árabe, a raíz de la Reconquista, al empezar a despoblarse el Albaicín, la casa fue comprada para retiro del viejo capitán D. Alvaro de Lope e Hinestrosa. Este buen señor, carente de familia y achacoso de salud, hacía una vida misteriosa. Jamás se le veía en la calle, tan solo los domingos, que salía muy temprano a oír misa en la próxima parroquia de Santa Isabel. Vivía solo y una vieja criada iba todas las mañanas para el arreglo de la casa, y el mercado. Pero un día en vista del silencio de sus llamadas, aviso a la justicia que se presentó provista de un cerrajero, abrieron la casa y encontraron al capitán tendido en el lecho y sin vida. Fama tenía el difunto de riquezas, pero, como carecía de familia, la justicia se apoderó de la casa y los vecinos tuvieron para murmurar durante muchos días. Efectuado un minucioso registro sólo se halló una pequeña cantidad, en monedas de oro, conservada en el fondo de un arcón. Mucho tiempo estuvo la casa cerrada, hasta terminar los trámites judiciales, pero entre los vecinos de San Luís empezó a cundir la noticia de que en la casa, se habían sentido ruido de cadenas y lúgubres lamentos, asegurando que, a altas horas de la noche, un fantasma salía por los huecos de la casa... La Real Chancillería ofreció la casa para su ocupación de forma gratuita a fin de desterrar el pánico, pero, a pesar de tal ofrecimiento, nadie se presentaba.
Por aquellos días fue nombrado alguacil un tal Cosme Corchuelos, el cual había prestado grandes servicios a la justicia y se le tenía por hombre de extraordinario valor. Enterarse Corchuelos de la fantástica leyenda y presentarse a los oidores, todo fue uno. “Yo -dijo- me encargo de deshacer tal patraña. Esta misma noche me quedaré en la casa; que ronden sus alrededores unos cuantos corchetes y que acudan en caso de yo necesitarlos. Ya veremos si existe el fantasma”. A las diez de la noche y ante la admiración de seis corchetes que quedaron de ronda en la plazuela, el valiente Corchuelos se introdujo en la casa. La noche transcurrió sin novedad y el sol doraba ya los altos miradores y como el alguacil no daba señales de vida, la ronda decidió registrar la casa. Con la animación que da la luz del día, penetraron en el edificio, registrándolo todo, después de grandes esfuerzos, encontraron a Corchuelos, completamente oculto y a punto de asfixiarse entre las mantas del lecho. Momentos después, en el cuerpo de guardia de la casa de los Medallones, en la Plaza Larga, tras de apurar un trago de aguardiente, Cosme explicó: “¡Por mi fe!, os juro que en esta ocasión creo en las almas en pena y en los aparecidos” El que dude de lo que voy a decir, que se preste a la prueba. Cuando penetré en la casa, provisto de mi linterna, recorrí sus habitaciones y cerré cuidadosamente los pestillos de sus puertas; me introduje en la alcoba, cuyo balcón da vista a la placeta, y lo entreabrí para poder avisaros con prontitud; me tendí en la cama y esperé... El sueño se apoderó de mi; no sé cuánto dormí; lo que sí os puedo asegurar es que desperté sobresaltado; estaba completamente a oscuras; intenté incorporarme para asomarme al balcón, pero sin saber por qué, un miedo pavoroso se apoderó de mi y no tuve alientos para levantarme... Acababa de sentir un golpe seco en el corredor... Conteniendo hasta la respiración, oí, clara y distintamente, unos pasos que se acercaban, siguieron por la sala y los sentí perderse por la escalera... Un sudor frío inundó mi rostro, y, antes de dar tiempo a reponerme y llamar, volví a sentir los pasos subir por la escalera, haciéndola temblar, pasar el corredor y penetrar en la sala... No había duda de que era un ser invisible, puesto que no necesitó abrir para entrar; pero mi terror llegó al colmo cuando oí los pasos penetrar en la alcoba, y, al débil rayo de luna que entraba por la rendija del balcón, deslumbró mis ojos una figura blanca y transparente... Quise gritar y preguntarle quién era y qué quería; mas mi lengua enmudeció y creo que perdí el conocimiento, pues no recuerdo más hasta que llegasteis por mi...”. Cuando terminó su relato el alguacil, gotas de sudor humedecían sus sienes y la palidez de la muerte se reflejaba en su semblante. Los familiares del Santo Oficio acordaron dar una batida para averiguar lo que de cierto hubiese. La campana mayor de la Colegiata del Salvador tañó a las ánimas. Ante la fachada de una casona, en cuya hornacina se adivinaba la Faz de un Cristo, un farol agonizante apenas producía un punto de luz, balanceándose a impulsos del viento, que silbaba entre las viejas murallas de la Cadima. Abrióse, silenciosa, la puerta de la casona, y entre las sombras fueron apareciendo hasta trece bultos negros, algunos de los cuales, y a impulsos del aire, dejaba asomar, entre los pliegues de la capa, una linterna... Tan fantástica comitiva cruzó la Plaza Larga, subió por la calle del Agua a la placeta de los Muñoces, torciendo hacia las Tres Estrellas e, internándose en el angosto callejón del Blanqueo Viejo, desembocó en la plazuela del Conde. Detúvose el grupo un momento ante la deshabitada casa, y, a una señal convenida, acercáronse los trece hombres a la puerta y descubrieron las linternas para introducir la llave; pero cuál no sería el asombro de todos, al encontrarla abierta. Algo de terror se apoderó de ellos, dudando todos sobre cuál había de entrar el primero, acordaron hacerlo todos a un tiempo. Una vez en el patio y ocultas las linternas, aguardaron silenciosos. Más de dos horas transcurrieron sin que se oyera el menor ruido.. A poco, el aire trajo hasta ellos las graves campanadas de San Salvador y los alocados repiques de las Tomasas. Eran las doce de la noche … El silencio, profundo … Los corchetes contenían hasta la respiración, no sabemos si de miedo o por temor a que el fantasma se espantara … En vista de que el tiempo transcurría y dudando de la veracidad de la leyenda, uno de los bultos se acercó al que parecía ser el jefe, y le dijo: “Señor Corchuelos, yo creo que cuanto vos contasteis fue hijo de vuestro miedo o del  influjo del vino. No pudo terminar; un ruido subterráneo se dejó oír, al par que una blanca silueta se dibujó en el hueco de una ignorada puerta al fondo de la galería. Imposible describir la confusión que se formó, el primer intento de los corchetes fue huir, y  lleno de pavor alguno se lanzó a la calle, dando voces de “¡Favor, en nombre del Rey!” Los vecinos en vez de acudir, se acurrucaron entre las ropas del lecho. Otros, más animosos, avanzaron sobre el fantasma, que, hallándose sorprendido y no teniendo tiempo de huir, recibió la furiosa cometida de las espadas y el fantasma cayó al suelo. Resultó ser un pillo llamado Mascafierro, que tenía cuentas pendientes con la justicia. Poco antes de morir declaró que servía a cierto señor magistrado, prestándose a hacer el papel de fantasma mientras aquél sostenía pláticas amorosas con cierta dama que habitaba la finca colindante, y con la que se comunicaba por la secreta puerta de la galería del patio.

Esta historia fue publicada originalmente en la revista Granada Gráfica y en Chirimías (boletín informativo de la asociación Granada Histórica y Cultural).(15-3-2012) 

Años mas tarde la casa fue una fabrica de sombreros para sacerdotes, cuando la industria principal de Granada era la de sombrerería, de la cual existían muchas fábricas y tiendas, a cuyo amparo vivían infinidad de familias. El gremio de sombrereros fue, hasta hace pocos años, el más importante de la ciudad.
Tambien sus tejidos y sus sedas eran estimados en todas partes, y el corazón era el Albaicín, ese viejo barrio... 

En la actualidad, la “casa de la hornacina” está en venta después de haber sido remozada. En ella vivió hace unos años el ex alcalde de Granada, Gabriel Díaz Berbel.

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