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La Alhambra desde El Generalife

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20120221

LA ROSA DE LA ALHAMBRA

Quiero contaros este cuento, que escribió Washinton Irving durante su estancia en la Alhambra, después de quedar impresionado al visitar la Torre de las Infantas y consultar los archivos de la Universidad de Granada.  

En aquellos tiempos reinaba en Granada un rey moro llamado Mohamed.
Un día, mientras cabalgaba cerca de la Sierra, se tropezó con uno de sus destacamentos, que regresaba de una incursión fronteriza con un buen número de prisioneros, le llamó la atención la belleza de una joven cristiana, que lloraba en los brazos de su dueña. Le dicen que es la hija del alcaide de una fortaleza que había sido atacada por ellos.
El rey interesado, manda que sea llevada a su palacio y una vez allí, es alojada como huésped de honor y poco después le pide matrimonio. La joven cautiva rechaza la oferta ¡jamás podría casarse con un enemigo! La dueña, que era también una muchacha joven le dice a su señora: “¿Qué conseguís negándoos...? En lugar de reina y señora, os veréis convertida en una pobre cautiva. Aceptad porque vuestro padre ha muerto, no tenéis familia alguna ¡nadie vendrá a socorrernos!” La joven se dejó convencer y así se convirtió en la esposa de Mohamed. Su dueña queda a su servicio y desde entonces la llaman con el nombre árabe de Kadiga.
Pasa el tiempo y nacen tres niñas preciosas. Y como es costumbre entre los árabes, llaman a los astrólogos del reino, para que predijeran el destino de las princesas.
Los astrólogos dicen: “Estas princesas serán célebres por su belleza, ¡oh rey! Pero debéis tener cuidado cuando llegue el momento de casarlas. Vigilar personalmente, si no deseáis que hagan un matrimonio que no os agrade.”
El Rey no se preocupa, pasarán muchos años antes de casar a las princesas. La reina muere y encomienda a las niñas a los cuidados de la fiel Kadiga.
Pasa el tiempo. El monarca recuerda a los astrólogos y aunque son las princesas todavía niñas, decide enviarlas al castillo real de Salobreña por ser inexpugnable ya que esta situado en el interior de una fortaleza.


    Castillo de Salobreña (Granada)

Allí viven las princesas, Zaida, Zoraida y Zorahaida, tres años, rodeadas de lujos en compañía de la fiel Kadiga. Tenían los maestros más sabios del país.
Hasta que un día... Las princesas, vieron llegar a la costa una galera con hombres armados. Curiosas atisbando entre las celosías de su ventana, que las ocultaban por completo a cualquier mirada del exterior, vieron que de la galera desembarcaban moros armados, conduciendo a cautivos cristianos, tres de los cautivos les llamaron la atención.
Cuando Kadiga fue a buscarlas, para su lección de música, las encontró melancólicas sentadas en las otomanas cubiertas con ricos almohadones de seda.



- “¿Qué os sucede? “- les preguntó. Ellas les contaron lo que habían visto.
- “¡Pobres muchachos!” - exclamó. - Estoy segura que más de una dama, en su país, sentirá llenarse de angustia su corazón al tener noticia de su cautiverio. Porque si es cierto lo que decís de su gallardía, seguro que suelen participar en brillantes torneos. ¡Ay, queridas princesas, qué hermosos son los torneos de los cristianos!(la conversación le había traído a su memoria los tiempos ya lejanos, en que vivía en el país que la vio nacer).
El aya les contó los usos y costumbres de la mujer que fue su madre y de su tierra. Cada día las princesas deseaban conocer nuevas historias de caballeros cristianos. Kadiga le hablaba de los banquetes y las fiestas, de las serenatas que ofrecen los caballeros a sus damas a la luz de la luna.
Y se da cuenta de que aquellas historias las hacían soñar en contra de las órdenes de su padre el Rey. "Se han convertido en jóvenes casaderas -se dijo. - Avisaré a Mohamed" Y con un emisario de confianza le envió un cofre, dentro del cual el soberano encontró, reposando en un lecho de hojas frescas, tres frutos muy hermosos: un melocotón, un albaricoque y un prisco, con una nota diciéndole que sus hijas se alegrarían mucho de verle. El Rey comprendió el mensaje oculto de la sagaz Kadiga. Y se dijo: Mis hijas han llegado a la edad de contraer matrimonio. "Y yo, personalmente, debo cuidar de que elijan marido de acuerdo con su rango".
Al frente de una brillante comitiva partió en dirección al castillo de Salobreña, para recoger a sus hijas y traerlas consigo a la corte, ya había dispuesto que fuese preparada una torre en la Alhambra, donde serían alojadas con todo lujo y riqueza.
Se sorprendió al verlas y advirtió que se habían convertido en y tres jóvenes de gran belleza. La pequeña más impulsiva le echó los brazos al cuello.
"Me siento orgulloso de mis hijas - se dijo el monarca. – Cuidaré celosamente por las tres, deseo verlas casadas a mi gusto, con hombres dignos de su belleza y de mi poder".
CONTINUARA...

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