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La Alhambra desde El Generalife

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20120223

LA ROSA DE LA ALHAMBRA (Capitulo 2)

El rey manda que se prepare el regreso a Granada.
                 
                 

Y para evitar que nadie pudiera ver a las princesas, envia emisarios con el encargo de despejar los caminos por los que la comitiva debía pasar, ordenando que todas las casas de los pueblos que atravesaban cerrasen sus puertas y ventanas.
Las tres princesas, siempre seguidas de su fiel Kadiga, montaban tres alazanes blancos de bella estampa, ricamente enjaezados con bridas y estribos de oro adornados con perlas y piedras preciosas. A su alrededor, la guardia negra de su padre les prestaba brillante escolta.

Ya llegando a las puertas de Granada, vieron en dirección contraria, acercarse un grupo de soldados moros que conducían prisioneros. No había tiempo para que se apartaran, el jefe del destacamento ordenó a sus hombres que se echasen al suelo, con el rostro oculto, amenazándoles con terribles castigos si se atrevían a lanzar una sola mirada hacia la comitiva real.


Los soldados se apresuraron a cumplir la orden, y también los prisioneros... entre éstos se encontraban los tres caballeros cristianos, que llamaron la atención de las princesas en la costa, estos quizá no entendieron la orden, o eran demasiado altivos para obedecerla, y permanecieron de pie, viendo cómo se acercaba el lujoso cortejo.
¡Qué indignación la del monarca! Desenvainó su cimitarra y personalmente hubiese dado muerte a los tres rebeldes, si el jefe del destacamento no hubiera intercedido en su favor, haciéndole comprender al rey que se trataba de caballeros muy principales, por los que sus familias pagarían sin duda elevados rescates. Y también las princesas, que habían contemplado toda la escena, se acercaron a su padre y le suplicaron que les perdonase la vida.
- “Bien, les perdono” - afirmó el rey, envainando de nuevo su cimitarra.
- “Pero serán castigados. Ordeno que sean llevados a la Torre Bermeja y obligados a realizar duros trabajos”.
Mohamed, llevado de su indignación, había olvidado la prudencia y no advirtió que las princesas, en su afán de salvar la vida de los tres cautivos, se habían levantado los velos, que como es costumbre entre las mujeres moras, les cubrían por completo el rostro. Con lo cual dejaron al descubierto su radiante hermosura, que causó honda impresión en los corazones de los jóvenes caballeros cristianos.
Mientras que ellas, a su vez, al oír cómo el jefe del destacamento hablaba de sus prisioneros con respeto y consideración, sintieron que crecía la admiración que ya les profesaban.
La comitiva reanudó por fin su marcha. Pero Zaida, Zoraida y Zorahaida, se quedaron pensativas durante largo rato...
Ya instaladas en su nueva residencia, demostraron al paso de los días una tristeza que cada vez iba en aumento. La torre de la Alhambra que su padre les había destinado era de las más lujosas y maravillosas.
Comunicaba con el palacio real a través de la muralla que rodea toda la cima de la colina, pero apartada, poseyendo un jardín en el que crecían los mejores árboles frutales y las más hermosas y exóticas flores, destinado al recreo de las princesas.
La torre estaba amueblada con exquisito gusto, todas las habitaciones se abrían sobre un patio interior, en el que siempre reinaba una agradable temperatura, incluso en las horas más calurosas de los días de verano. En el centro se alzaba una fuente de alabastro, adornada con figuras de oro y diversas jaulas primorosas, en las que cantaban los pájaros más hermosos.
Sin embargo, la melancolía de las princesas era cada día mayor, con gran sorpresa por parte del monarca. Que pensó que aquello podía ser que necesitaban interesarse por vestidos, sedas y joyas. Y mandó a la torre a los mejores joyeros de la ciudad, costureras y comerciantes, dejando a sus hijas en completa libertad para adquirir todo cuanto desearan. 


Pero fue en vano. Las princesas apenas prestaron atención. Y el rey no sabía qué hacer. Decidió consultar con Kadiga.
- Tú has cuidado a las princesas y tengo plena confianza - le dijo cuando llegó a su presencia. - Te ruego que averigües la causa de la extraña melancolía que las aflige.
Kadiga les pregunto ¿Cómo es posible que viváis tan tristes y abatidas, en una residencia tan hermosa?
Las princesas miraron con indiferencia el lujo que las rodeaba y suspiraron.

Entonces Kadiga, que era sumamente astuta, les contó las canciones que entonan los tres prisioneros cristianos, encerrados en la Torre Bermeja. Uno de ellos toca la guitarra con singular maestría y los otros dos entonan canciones muy bellas. ¡Ay, cómo despertaron los recuerdos de mi infancia y de mi juventud, que transcurrieron allá, en el lejano país de mis padres!.
- Tal vez nos distrajese oír a esos tres caballeros - afirmaron ellas.
- Sin duda su música podría animarnos mucho - corroboró Zoraida.
La buena de Kadiga les prometió que haría cuanto pudiera para complacerlas, sabía que al hacerlo se exponía a la cólera del rey, pero era tanto el afecto que profesaba a las jóvenes princesas, que era capaz de cualquier sacrificio por alegrarlas.
Y también se preguntaba: "¿Qué mal puede haber en que las princesas oigan el rasgueo de la guitarra y las canciones de esos caballeros?".
Decidió hablar con Hussein Baba, el barbudo carcelero a cuya custodia habían sido confiados los tres prisioneros. Deslizándole en la mano una moneda de oro, le dijo:- Mis señoras, las tres princesas que viven encerradas en la Torre de la Alhambra, han oído hablar de la singular ciencia musical que poseen los cautivos cristianos y desean oírles.- ¡El rey puede enojarse y hasta incluso castigarme con la muerte! - exclamó Hussein Baba, asustado.
- ¡Oh, no! El rey ni siquiera lo sabrá. Mañana al mediodía llevas a los prisioneros a trabajar al barranco que separa la Torre Bermeja de la colina en la que se levanta la Alhambra, por el lado de la torre que habitan las princesas. Y en los descansos de su trabajo, permíteles que canten las canciones de su tierra. Desde allí, sólo mis señoras pueden oírles..., ¡y te pagarán bien tu amabilidad, no lo dudes!. Y la astuta Kadiga deslizó una nueva moneda en la mano del carcelero, Hussein aceptó por fin.

CONTINUARA...

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